1 octubre, 2017

No se trata de una predisposición genética a navegar contra corriente o incluso cuesta arriba. Tampoco de un proverbial grito autonómico ni de asumir riesgos imprudentes. Lo que se nos da en estos casos es más bien algo así como una elemental duda cartesiana. Una suerte de lógica transparente que obliga, primero, a dudar y cuestionar, segundo, a profundizar y contrastar, y así, desde ahí, arribar a una tercera parada en la que solo restaría concluir.

Sin embargo, en algunos casos valdrá la pena recorrer la milla extra y extender el viaje hasta un cuarto destino; atreviéndose a decir y ojalá también a escribir.

Pero no es digno de tenerse por “atrevimiento” aquel gesto tímido que simplemente se suma a la sociedad del aplauso. Esa sociedad que condescendientemente se limita a los mismos lugares comunes y solo levanta enérgicamente la mano para aplaudir, acalambrándose cuando toca más bien señalar. Esa sociedad que reparte palmaditas en la espalda, pero cuando se trata de crítica, nada de nada. Menos aún si es cuestión de señalamientos denunciatorios.

Macondo. Presumo que coincidiremos en que falta sentido de realidad en esta sociedad macondiana en que nos sorprenden ciertas “cosas” que vienen pasando inadvertidas para la masa amorfa y acrítica. Esa misma que amenaza con tragarnos tan democráticamente.

En América Latina se murmura, no se discute. Y, por tanto, es difícil enterarse de lo que la gente está pensando. Hacer política en estos lares tiene algo de prestidigitación. Eso es así y al que le parezca una exageración es porque no ha pasado por el Estado o una campaña electoral, limitándose a la crítica de sofá, a navegar por ríos de agua dulce, en fin, a la cómoda contemplación de la cosa pública con palomitas de maíz en mano.

Por lo que valdría la pena ir estimando crecientemente a quienes se atreven a decir e ir a contramarcha. A poner la voz disonante o la nota discordante. A decir simplemente: “suave un toque”. Y así le salten encima todas la hienas –por lo general anónimas– que habitan crecientemente en las redes (anti)sociales, se atreva a persistir en su salvedad. Esos son los que valen.

Porque a como están de crispados los ánimos por estos lares, no solo hay que decir, sino también persistir. En una palabra: defender lo que se dice y por esa vía sostener la palabra, que es la única manera en política de salvar la integridad.

Mal se ven los veletas que ponen a rodar una idea o proyecto que, apenas empieza a generar el ruido típico de todo rodamiento, meten reversa, retiran su dicho y huyen disimuladamente por la sombra.

De esos “valientes” ya hemos tenido bastante. De esos “líderes” estamos curados.

¿Cuándo entenderán los aspirantes de nuevo cuño que se respeta mucho más a aquellos que defienden de frente sus ideas, sin absolutismos ni charlatanerías, así no se esté de acuerdo con ellos en algún vértice de sus propuestas, que a los sofistas que a todo le dan vuelta y todo lo acomodan?

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¿Cuándo comprenderán que la valentía es el oxígeno de cualquier líder y no el cálculo anodino y pendejo que resulta políticamente combustible?

En fin, que cada quien jale para su saco. No vaya a ser que terminemos dando por cierto aquello de que cada pueblo tiene los “líderes” que se merece.

Si no les exigimos ahora la valentía de decir y discutir, vámonos olvidando de la valentía necesaria para después cumplir.

Control refractario. La gestión de la cosa pública, por dondequiera se le mire, genera tanta insatisfacción y es tan corrupta a los ojos de la gente, que muchos tienen la impresión de vivir secuestrados por una especie de camorra señoril.

Así que cabe preguntarse y así evidenciar: ¿Desde cuándo es tal el vacío de poder que las instancias de control ya no se atreven a cumplir su función más elemental y ha debido la prensa — a más no haber— llenar ese vacío político?

¿O acaso no ha sido la prensa la que ha corrido el velo una vez más? ¿Es eso lo natural? ¿Es eso lo correcto?

Y tampoco se trata de extremar los argumentos pretendiendo homologar la urgencia periodística al procedimiento administrativo ni mucho menos a la causa penal. ¡Ni más faltaba!

De lo que sí se trata, de lo que realmente se trata todo esto, es de evitar que las denuncias de corrupción sigan chocando frontalmente con pared. Con una institucionalidad refractaria y una cultura o deformación burocrática tan cínica y plana que, ex ante, traslada olímpicamente la carga de la prueba al valiente denunciante de la corruptela, olvidando que son esos burócratas auditores, contralores, procuradores y fiscales, los llamados a investigar sobre los indicios denunciados y procurar, desde ahí, las pruebas, pues para eso se les ha empoderado y nombrado. Justamente para eso.

Mientras tanto, mientras esos no se atrevan a correr el velo, seguirá haciéndolo la prensa valiente y la ciudadanía responsable. Al parecer y hasta nuevo aviso, no nos queda otra.

El autor es abogado.