1 octubre, 2017

Llegamos a la oficina de un alto funcionario de la ONU, que hacía pocos días había sido nombrado, por el secretario general, director de una oficina técnica muy importante.

Éramos tres diplomáticos costarricenses, que queríamos saludarlo en nombre propio y de nuestro Gobierno, aunque no era obligación protocolaria, y conocerlo personalmente. Sabíamos que debíamos trabajar con él y su personal, pues las tareas de investigación que realiza el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DESA, por sus siglas en inglés) es muy importante.

Nos interesaba, particularmente, ese contacto, por sus evaluaciones de avance en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), cuyo plazo de finalización estaba cerca y, además, queríamos saber si él había reflexionado en cómo darle continuidad a ese proceso.

Esto, reitero, entre muchos otros asuntos a cargo de esa oficina, como think tank interno en múltiples asuntos relacionados con el desarrollo socioeconómico y ambiental. Nos recibió muy amablemente, aunque un poco nervioso.

Cumplidos los saludos y presentaciones de rigor (creo que él estaba acompañado por el subdirector del departamento), se generó un diálogo un tanto superficial. (Acabada la reunión, los costarricenses comentamos entre nosotros que no sabíamos si sus respuestas generales y bastante lacónicas eran debidas a un exceso de precaución de su parte o a que aún no conocía bien los temas, especialmente detalles que le planteamos. Cierto que era muy nuevo en su puesto, de hecho nos comentó que éramos la primera misión que le pedía una cita “para conocerlo”).

En determinado momento, nos señaló hacia las paredes de su oficina, llenas de estantes y nos dijo: “Como ven, casi no hay libros en ellos, solo documentos”. Y en efecto así era. Y continuó: “Mi predecesor tenía muchos libros, pero yo no tengo tiempo para leer libros, solo documentos”.

Nosotros callamos. Nadie comentó nada, pero tampoco hicimos gesto alguno. Seguramente nuestros rostros reflejaban en ese momento una expresión como de esfinge…

Por supuesto, ese comentario fue el que más tiempo y reflexiones generó entre nosotros una vez que regresamos a nuestras oficinas. No solo nos pareció extraño, tanto por el contenido, como por la franqueza de expresarlo en voz alta. Como se dice popularmente “ni rojo se puso”.

Predecesor. En efecto, su predecesor en el puesto era (y es) una persona sumamente culta, educada, con un enorme bagaje en todos los temas de desarrollo; además, tan extrovertido como este nuevo; para nada llenaría el estereotipo del intelectual retraído, alejado de las cosas mundanas. Serio y estudioso sí. Heterodoxo en materia de política económica, sin llegar a ser un repetidor superficial de críticas poco fundadas sobre las falencias del capitalismo y de las teorías económicas más pegadas a la ortodoxia neoclásica; podría considerársele un keynesiano-estructuralista, que además conoce y aplica con soltura y rigor la teoría económica al análisis de los temas macroeconómicos y de los mercados.

Múltiples veces había (y seguí luego también) conversado con él y sé que su pasión era la historia económica. De ahí, sin ignorar para nada ni despreciar “las teorías”, derivaba gran parte de sus análisis sobre las coyunturas y, en aquellos días, la crisis luego conocida como “la gran recesión”.

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Por otros caminos, pues no había tenido igual formación en teoría económica que él, hacía tiempo que yo también había arribado a la conclusión de que saber mucho de modelos económicos matemáticos, sin conocimiento y aplicación de las lecciones de la historia económica (mundial, hemisférica y nacional), podía conducir a graves errores de formulación de políticas públicas.

También coincidimos en que una alta proporción de “los jóvenes economistas” en muchas partes del mundo, incluyendo los graduados en muy prestigiosas universidades, padecían de ese “mal”: la creencia a pie juntillas en los resultados de modelos matemáticos. Ojo: jamás afirmaría que estos sean inútiles o que lo contrario (conocer la historia, pero no la teoría y los modelos) conduzca a mejores análisis.

Las políticas públicas bien planteadas se alimentan de buenas teorías, los datos más confiables, el contexto sociohistórico, la indagación de experiencias y “casos” para aprender qué sí y qué no, funciona. Además, de intuición y algo de “suerte”. Y los buenos modelos matemáticos y econométricos pueden verter luz sobre probables escenarios futuros, pero jamás debe olvidarse que están basados en determinados supuestos. Y, menos, las lecciones de la historia. Pero bueno, esto es otro tema.

Preocupación y decepción. Volviendo al “nuevo alto funcionario” y nuestro debriefing , entre sorbos de café y alguna golosina, el tema de “leo documentos pero no libros” siguió acaparando nuestra conversación y todos nos sentimos preocupados y algo decepcionados. Aún, cada cierto tiempo, por algo que nos hacía asociar ese tema, alguno de nosotros lo mencionaba con sorpresa, aunque ya no estupor.

Esta reflexión la hago ahora en “voz alta” porque creo que hay muchas preguntas y muchas enseñanzas del episodio. Efectivamente, los funcionarios, quedan cada vez más consumidos en un mar de documentos. Y estos suelen ser muy valiosos; es más, indispensables (aunque hoy son más frecuentemente electrónicos que impresos, pero los llamamos igual) para el trabajo o para estar bien informado de los temas a cargo o de interés nuestro.

Pero ¿será suficiente? Un jefe que tenga a cargo un equipo profesional de cierto tamaño en adelante, ¿estará suficientemente formado e informado sin acceder, leer, analizar y disfrutar “los libros”?

No planteo siquiera el tema de la diversidad, amplitud, rigor de la lectura en general y de libros en particular. En lo personal, creo que solo por excepción, las personas pueden alcanzar la excelencia profesional y el gozo y la plenitud en la vida, sin el disfrute, el encanto y el rigor que ofrece la lectura de buenos libros.

Quizá sin quererlo, aquel hombre nos dejó una gran enseñanza.

El autor es economista.